Hermana M. Wilfrida, CSC 

En memoria cariñosa …

Hermana M. Wilfrida, CSC

(Bernadine Marie Peabody)
Nacimiento: 1 de agosto de 1924
Profesión: 15 de agosto de 1949
Muerte: 11 de enero de 2009

Que privilegio compartir pensamientos acerca de una colega, una mujer gentil y cariñosa siempre dispuesta a ayudar. La Hermana Wilfrida, Bernadine Marie Peabody, nació el 1 de agosto de 1924 en Stonington, Illinois. Su padre, John Randall Peabody, fue la octava generación de Peadbodys provenientes originalmente de Inglaterra. Su ancestro, John Alden, firmó el acuerdo para el gobierno de las colonias.

La Hermana Wilfrida nació en una familia muy grande, 17 hijas e hijos para ser exactos, muchos de los cuales eran hermanastros y hermanastras. Su padre tuvo cinco hijos de su primer matrimonio y su madre, Frieda Miller, tuvo también cinco hijos. Al haber muerto ya sus respectivos cónyuges, John y Frieda se casaron. Tuvieron siete hijos entre ellos, tres parejas de mellizos y un hijo más. El mellizo de la Hermana Wilfrida fue llamado Bernard y ella se refería a él con gran amor.

La Hermana Wilfrida se graduó con honores de la Escuela Secundaria Stonington e ingresó en la Universidad Saint Mary’s como estudiante y miembro del personal. Ingresó a la Congregación de la Santa Cruz en 1947 y se graduó de Saint Mary’s en 1949, también con honores. Posteriormente, en St. Louis Missouri, recibió su grado en nutrición de la Escuela de Enfermería de la Universidad Saint Louis. Nunca se hubiera enterado por ella de sus logros académicos ya que era una persona reservada que hablaba poco de sí misma.

Como nutricionista la Hermana Wilfrida realizó ministerio por muchos años en tres de nuestros hospitales en Cairo, Illinois; Columbus, Ohio; y Boise, Idaho. También pasó tiempo en Denver, Colorado, en la Casa Regional. Realizó ministerio como cocinera en Nuestra Señora de Santa Cruz  en South Bend, Indiana. Luego trabajó en ministerio parroquial en Reina de Todos los Santos,  Michigan City, Indiana; hizo ministerio como sacristán en Saint Mary’s; y luego en el Centro de Retiro Mary’s Solitude. Supongo que se podría decir que era muy adaptable.

Lo que sea que hiciera, lo hizo con gran cuidado y amor.

Ningún trabajo poco importante era indigno para ella. En Mary’s Solitude limpiaba, hacia las camas y servía las comidas. Todas las comidas se traían en un carrito desde la cocina, sin importar si hubiera nieve, hielo o lluvia. Su espíritu de hospitalidad era admirable, Con frecuencia se recibían cartas de gratitud dirigidas a ella debido a sus atenciones para con cada persona en el retiro.

En una ocasión se enviaron almohadas de Mary’s Solitude a la lavandería y regresaron llenas de bultos, era imposible usarlas así. Fue todo un espectáculo luego vernos a Wilfrida y a mí cargando enormes bolsas de almohadas y bajando por las escaleras eléctricas en Sears. Una delante de la otra por que lado a lado no cabíamos por las escaleras.

La Hermana Wilfrida vivió en la presencia de Dios y demostró una profunda espiritualidad. En las reflexiones compartidas de fe se sentaba tranquilamente y escuchaba a todas. Cuando hablaba, todas se conmovían por sus profundas palabras y su sencillez.

“Willy”, como era llamada afectuosamente por tantas personas, tenía un gran amor por la naturaleza, y le encantaba siempre que podía estar al aire libre. Caminar era su pasatiempo favorito. Cuando vino a Saint Mary’s en 1989, caminaba por el campus cargando una pequeña bolsa de tela con dirección al Lago Mirian, donde alimentaba a los patos y observaba  ocasionalmente alguna garza azul. Probablemente caminaba al menos cinco millas por día. Estos al parecer eran sus momentos para la soledad y la meditación.

Cuando su energía comenzó a decaer se mudó al convento pero pronto descubrió que necesitaba tener una rutina diaria planeada. Luego se mudó al Reina de la Paz, adonde llevo mucha alegría por su sentido del humor y sus cuidados para con los demás. Cuando regresó al convento un par de años atrás, ya no podía caminar pero siempre brindaba su bella sonrisa a los que la cuidaban.

Ahora partió en su caminata diaria con sus seres queridos y su Dios.

Escrito por la Hermana Arlene Kniola, CSC

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