En memoria cariñosa …
Hermana M. Jean Louise, CSC
(Mary Catherine Forkin)
Nacimiento: 3 de septiembre de 1938
Profesión: 15 de agosto de 1963
Muerte: 5 de octubre de 2010
Conocí a la Hermana Jean Louise, Molly Forkin, el 4 de septiembre de 1960, hace poco más de 50 años atrás, en su primer día en Santa cruz. Ella llegó a nosotras gracias a la generosidad de una familia unida y devota, que la amaba profundamente, y alimentó los preciosos y únicos dones y talentos que ella tenía para ofrecer. Sus hermanos, que la aman, están aquí con nosotras hoy. John, Tom y Bill, ella los amaba también. No había competidores o comparaciones cuando se refería a sus muchachos. En memoria de su madre y su padre, y en su presencia y la presencia de sus familias y parientes que nos acompañan aquí hoy, les agradecemos por compartir el don de Molly con Santa Cruz.
También recordamos con gratitud a las hermanas que fueron profesoras y tutoras de Molly en Mount Carmel y que la inspiraron y alentaron su llamada vocacional que la condujo a ser nuestra hermana en Santa Cruz.
Nos regocijamos hoy en el recuerdo de esa vida tan plena y adorable de Molly. No podemos saber porqué murió tan repentinamente y tan pronto, pero Molly estuvo con nosotras por tanto tiempo como estaba destinada a estar y nuestra reunión en su honor reafirma para nosotras la razón de ser de su vida.
Decir su nombre nos hace tomar una pausa, reflexionar, recordar y bendecir a la Hermana Jean Louise, quien caminó junto a nosotras en la gracia del tiempo y el espacio y que marcó nuestras vidas en su camino.
Si la vamos a recordar de verdad, si vamos a lamentar genuinamente su fallecimiento, si vivimos con la esperanza de encontrarla nuevamente, hacemos bien en reverenciar aquellas cosas que nos enseñó y en imitar el amor que la animó.
Hay tantas cualidades que describen a Molly, pero cuando pienso en ella, dos me vienen a la mente: compasión y estilo.
Regresando a ese primer día en Santa Cruz, Molly me confió que soñaba y esperaba servir en una colonia de personas con lepra como su ministerio. Ella nunca pudo llegar hasta Molokai, o a otros institutos que servían a las personas leprosas, pero nunca hizo a un lado el deseo de ayudar a las personas que había sido aisladas, o tratadas como indeseables o parias; y se sentía movida por la compasión hacia las personas cansadas y hambrientas, hacía las que tropezaban en los caminos de sus vidas, hacia las afligidas física y emocionalmente y hacia las que se encontraban espiritualmente a la deriva.
Les pido a todas las personas presentes aquí que ingresen ahora por un momento en su interior, y reflexionen en su propia experiencia de la compasión de Molly, y oren en sus corazones una bendición de acción de gracias por ella.
Querida Molly, si pudieras leer los corazones y las mentes de las personas presentes, de quienes te bendicen por tu compasión, creó que escucharías algo así:
Nos tocaste con tu bondad.
Nos fortaleciste con tu comprensión.
Acudiste a nuestro lado en tiempos de necesidad.
Nos incluiste y nos hiciste sentir acogidas y acogidos.
Te acercaste a nosotras y nosotros y nos levantaste.
Nunca nos hiciste sentir menos.
Nos diste esperanza.
Que ahora tu eterno y compasivo Dios te reciba en sus brazos.
Molly fue la única hija de la familia, y única es una descripción apropiada en su caso. Ella tenía estilo. Tenía estilo desde los chales tipo boa que usaba hasta sus brillantes zapatos de tap. Era a menudo una anfitriona refinada y siempre tendió hacia la elegancia. Su carácter vital y vibrante se reflejaba en todo su ser. La risa y el buen ánimo eran sus sellos característicos. Encaraba la vida frontalmente y la volvía emocionante. Era cómica y divertida.
Recuerdo el estilo de Molly.
Durante nuestro último año de formación estudiábamos juntas en Chicago. Un día tuvimos la ocasión de ir a la Aeropuerto Internacional O’Hare.
Antes de seguir con este relato, es importante que sepan que en esa época usábamos nuestro hábito religioso tradicional que incluía un largo vestido negro y un extenso velo del mismo color.
Molly quería subir a la torre de observación del aeropuerto para tener una mejor vista. Era un día agradable pero ventoso, y la plataforma de observación estaba llena de gente: turistas, escolares en tour, personas adultas de diversas nacionalidades, y todo tipo de espectadores distintos.
Todo iba bien hasta que, de pronto, el velo de Molly voló de su cabeza y el viento lo arrastró en remolinos hacia el cielo. Yo estaba avergonzada, y sólo quería salir corriendo, pero como lucía exactamente como ella en mi atuendo, no había posibilidad de escape.
El apuro que pasaba Molly agitó a las niñas y niños que presenciaban este evento y que la señalaban mientras gritaban a sus padres: “¡Mami, Papi, miren!” Los padres, por su parte, nos daban la espalda y les decían: “¡Dejen de mirar!”
La situación ya era de por sí embarazosa, pero se volvió de miedo cuando, a unos 10 metros más abajo, vi al velo de Molly alejarse como una ola negra a lo largo de una pasarela y ser lentamente succionado por el motor de un jet.
Un agente de seguridad en la plataforma de observación estaba llamando frenéticamente a un hombre de mantenimiento y ordenándole que trepara a la pasarela y recuperara el velo. Cuando la crisis terminó finalmente, y luego que Molly consiguió interrumpir una gran parte de las operaciones del aeropuerto, el agente de seguridad se le acercó y le devolvió el velo hecho trizas. A su vez, Molly le ofreció una dulce sonrisa y una elegante reverencia. La serena expresión en su rostro y la regia postura de su cuerpo la harían a una pensar que acababa de ganar el desfile de Miss Estados Unidos.
Ella era cómica y divertida.
Una vez más pediré a las personas presentes que hagan un instante de silencio y busquen en sus recuerdos un momento en que el estilo de Molly llevó alegría a sus vidas, y que encuentren en sus corazones una bendición de gratitud para ella.
Si pudiera interpretar las bendiciones que se extienden hacia ti, Molly, de entre las personas reunidas aquí que amaban tu estilo estoy segura que serían algo así:
Tu vitalidad era contagiosa.
Nos entretenías y deleitabas.
Nos enseñaste a no tomarnos muy en serio.
Siempre nos hiciste reír.
Nos alentaste a encontrar nuestro propio estilo.
Nos atraías a una vida edificante.
Hermana Jean Louise, que permanezcas en un eterno júbilo.
Te dejamos ir, Molly, confiando en la creencia de que la muerte no es el fin y que tampoco rompe los lazos forjados en esta vida. Tan sólo reconocemos que te nos has adelantado en el camino. Por tanto no es necesario de cara a tu partida preguntarnos “¿Porqué?”; ni “¿Cuándo?” o siquiera “¿Cómo? Sencillamente preguntarnos “¿Dónde?” y tenemos la seguridad: tú descansas este día en paz, y moras en el Paraíso de Dios.
Escrito por la Hermana Maureen Grady, CSC