Hermana Sharlet Ann Wagner, CSC 
Durante su trabajo en Holy Cross Ministries, la Hermana Sharlet Ann Wagner escuchaba a las víctimas de abuso y las asistía a conseguir un estatus legal para ayudar a prevenir que fueran siguieran siendo víctimas de las personas que abusaban de ellas.

Uniéndose a la “Danza”

por Sharlet Ann Wagner, CSC

“... Estoy feliz de no saber cómo terminaría todo, de cómo iría todo. Es mejor dejar nuestras vidas al azar. Podría haber evitado el dolor, pero entonces me habría perdido la danza”.

de “ The Dance” [“La Danza”] por Garth Brooks

Una vez registré en mi diario estas palabras de una popular canción country del oeste compuesta por Garth Brooks. Es una canción que habla sobre el amor, en la que el cantante observa su vida en retrospectiva. Él se pregunta si hubiese elegido el mismo camino de haber sido capaz de conocer el futuro y ver el resultado. Él decide que no habría querido elegir un camino distinto sólo para evitar el sufrimiento que experimentó, porque eso habría significado evitar también las alegrías.

Estoy segura de que Garth Brooks no estaba pensando en un grupo de monjas cuando escribió esta canción, pero cuando la escuché por primera vez, me habló con mucha fuerza sobre la vida religiosa y sobre mi vida en Santa Cruz. Si bien no estoy de acuerdo con el cantante en que nuestras vidas son producto del azar, hago eco con el sentimiento de “La Danza”.

La canción expresa los movimientos en una relación amorosa, las dificultades y la “danza". He experimentado esa relación amorosa durante mis años en Santa Cruz. He conocido momentos difíciles y he disfrutado algunas bellas y alegres “danzas”. Y si tuviera la oportunidad de retroceder y hacer nuevamente las cosas, llegaría a la misma conclusión a la que llega Garth Books en su canción. No cambiaría la “danza” que la vida religiosa representa para mí para evitar las dificultades.

¿Qué pensará mi familia?

Cuando comencé a considerar la vida religiosa en mis primeros años en la Universidad de Texas, ciertamente no estaba pensando en danzas, sufrimiento, o cómo me sentiría eventualmente con respecto a las opciones de vida que elegiría. Mis preguntas se centraban más en, “¿Qué pensarían mi familia y amistades?” “¿Me he vuelto loca?” “¿Cómo sería mi vida como monja”? Y la mayor pregunta para mí, “¿Cómo saber si la vida religiosa era adecuada para mí?

Una de las estudiantes de secundaria a la que enseñaba me preguntó una vez, “Entonces, Hermana, ¿Por qué se convirtió en hermana?”Sin importar cuantas veces me hacen esa pregunta, y en cuántas formas distintas la plantean, nunca me siento verdaderamente preparada para ella. Pienso que eso se debe a que la respuesta debe provenir del corazón, no de la cabeza, y por tanto es difícil expresarla en palabras. Cuando llegué a considerar la vida religiosa, no pensaba exactamente en por qué quería llegar a ser una hermana. Sólo sabía que sentía una atracción, algo que me empujaba en mi interior y que sólo podía expresar vagamente.

Tal vez la razón puede encontrarse en “La Danza”. Es una canción sobre tomar la decisión de amar a pesar del inevitable sufrimiento que acompaña tal decisión. Convertirme en una hermana fue, para mí, una decisión de amar.

He escuchado a muchas hermanas decir que ya sabían en la escuela primaria que deseaban ser monjas, pero eso no fue cierto para mí. La idea nunca estuvo en mi mente hasta mi primer año de universidad. He escuchado a hermanas hablar sobre monjas a las que admiraron y que influyeron en su propia elección de vida. Nuevamente, ese no fue mi caso. No conocía a ninguna religiosa cuando comencé a considerar la vida religiosa por primera vez.

No puedo decir quién puso la idea de convertirme en hermana en mi cabeza, pero repentinamente durante mi primer año en la Universidad, ahí estaba, y sin importar cuán arduamente trataba de sacarla de mi cabeza, no desaparecía. Tal vez se debía a que era un tiempo en que estaba pensando en mi vida y mi futuro. Lo tenía todo planificado. Me recibiría en periodismo y tendría reconocimiento por mi trabajo como reportera en el periódico universitario. Pretendía graduarme en la Universidad de Texas y conseguir un trabajo en un importante diario de Texas. Luego de 10 años de carrera exitosa en periodismo, me casaría, me asentaría y criaría una familia.

Una “llamada” a la vida religiosa

Entonces apareció y creció esta extraña atracción hacia la vida religiosa y arrojó todos mis cuidadosos planes a un estado de confusión. Pasé mis años en la universidad tratando de encontrar sentido en esta extraña y nueva idea. Había escuchado sobre tener una “llamada” a la vida religiosa, y al reflexionar llegué a la conclusión de que “llamada” era una palabra muy buena para definirlo. Era una amable pero muy persistente llamada que venía de lo más profundo en mi interior.

Cuando iba al Centro para la Misa de la Universidad de Texas, trataba de leer a escondidas los posters vocacionales sin parecer realmente interesada, por si acaso alguien estuviera observando. Me llevaba literatura de comunidades religiosas cuando estaba segura que nadie me veía y luego la devoraba al regresar a mi dormitorio. Estaba hambrienta por saber más.

Finalmente, hacía el final de mi último año, reuní el valor para hablar con una Hermana de la Santa Cruz que trabajaba en el Centro Newman. Quería que me respondiera una pregunta. “¿Cómo podía saber yo que Dios me estaba llamando a la vida religiosa?”. Si tan solo supiera, podría actuar basada en ese conocimiento. Esperaba que ella me diera una lista de criterios en base a los cuales definirme.

Su respuesta me sorprendió. Ella habló y escuchó, y yo seguía repitiendo mi única y absolutamente importante pregunta. “¿Pero cómo puedo saber?” Finalmente ella dijo, “A veces no puedes saber si algo es lo correcto para ti hasta que lo has intentado. Simplemente tienes que dar el paso y hacerlo”. Ella lo comparó con una piscina. Puedes mirar el agua, probarla con el pie, poner tu mano en la superficie, pero eventualmente tendrás que saltar y nadar un poco o alejarte.

Corriendo el riesgo

Decidí esa noche que deseaba seguir adelante y saltar a la piscina. Elegí “danzar”. Esta elección me ha abierto a muchas experiencias que nunca hubiese imaginado. Santa Cruz es una congregación internacional, y ahora considero con orgullo como amigas y hermanas a mujeres de Uganda, Ghana, Bangladesh, Perú y Brasil. Mis planes de una exitosa carrera de periodismo han cedido paso a la atención de bebés víctimas del crack y del SIDA en los barrios pobres de Chicago, a la enseñanza de inglés en escuelas secundarias de Utah y al trabajo en una clínica rural en Uganda, al Este de África.

Yo viví una vida relativamente protegida mientras crecía, a pesar de la cantidad de viajes que hacía mi familia. Mis experiencias de ministerio han abierto mis ojos a las dificultades que muchas personas encuentran en sus vidas cotidianas. Éstas me han enseñado, entre muchas otras cosas, la tremenda dignidad que todas las personas — enfermas, pobres, ancianas, al igual que jóvenes, ricas, y bien educadas — llevan consigo como hijas e hijos de Dios.

Nuestra congregación fue fundada para servir a las necesidades de la iglesia en época. Al cambiar los tiempos y las necesidades, también han cambiado nuestros ministerios. Las necesidades actuales son tremendas, tal como puede apreciar cualquier persona que lea un periódico o vea las noticias. Si una mujer me pregunta por qué debería considerar la vida religiosa, una de entre muchas razones podría ser, “porque la iglesia y el mundo te necesitan”.

Luego de mi regreso a los Estados Unidos desde Uganda, comencé a discernir mis siguientes pasos en esta “danza” en la que había entrado. Sabía que estaría haciendo mi profesión final de votos pronto, y estaba considerando el ministerio que debería buscar. Al reflexionar en mi experiencia en Santa Cruz, sentí atracción hacia los asuntos de justicias y deseo de hacer frente a las numerosas injusticias que había visto. Con la bendición de la congregación comencé a estudiar derecho. Tres años después, me gradué de la facultad de derecho y comencé el proyecto de brindar servicios legales a personas inmigrantes que el Servicio de Inmigración y Naturalización ha puesto en prisión. Como una hermana de la Santa Cruz que también es abogada, espero llevar un sentido de compasión y del profundo amor de Dios a las personas a quienes ofrezco servicios legales. Mi vida se ha visto profundamente enriquecida por mis experiencias en Santa Cruz.

Proceso de formación

En “formación”, un proceso de aproximadamente ocho años que prepara a una mujer para un compromiso final como religiosa, llegué a conocer mejor a Dios, profundicé mi vida y mi fe, y me volví más generosa en mi entrega. La formación comprende varias etapas de diferente duración, y la mujer puede elegir continuar o dejar el proceso en cualquier etapa.

Al final del noviciado, los tres primeros años del proceso, la mujer solicita permiso para realizar votos temporales en la comunidad. Estos votos son por cinco años. Ésta es una decisión importante, a la que se llega usualmente luego de mucho pensar y discutir. Recuerdo, hacia el final de mi noviciado, sopesar los pros y los contras de un compromiso de cinco años en la congregación. Mi cabeza era nuevamente un lio de ideas en conflicto. Pensé en los buenos y en los malos tiempos que había tenido durante los tres años previos. Pensé en el futuro de Santa Cruz. Tenemos pocas hermanas jóvenes en los Estados Unidos, lo que era motivo de desaliento para mí, pero también nos estamos volviendo más internacionales y había muchas hermanas como yo en otros países. Pensé en mis buenas y malas experiencias de ministerio, y las experiencias de vida con las hermanas.

Una decisión de amor

Por cada aspecto distinto de la vida religiosa que consideré, había pros y contras, buenos momentos y malos momentos, y entre más pensaba, más confusa y abrumada me sentía. Decidí caminar para aclarar mi mente. Mientras caminaba, recordé uno de los principios guía de la oración y el discernimiento que había aprendido. Si deseas saber si una decisión fue buena, observa los frutos. ¿Te estás volviendo más — o menos — amorosa, generosa, fiel, compasiva, etc.?

Apliqué ese principio al tiempo que había pasado en Santa Cruz y la masa de telarañas y confusión se disipó repentinamente. Me di cuenta que desde que había ingresado en Santa Cruz, he llegado a amar a Dios más profundamente, a conocerme mejor a mí misma, y a dar más generosamente a las demás personas.

¿Por qué no querría seguir en ese camino?

Y entonces recordé mi razón original para ingresar en la comunidad. Cuando una de las hermanas me preguntó por qué deseaba volverme una hermana, luché para entrar en contacto con mis sentimientos, y finalmente le dije, “Quiero amar a Dios tanto como pueda, y siento que ésta es la mejor forma que tengo para hacer esto”. Me di cuenta de que mi razón en ese entonces continuaba siendo mi razón. El amor.

Si estuviera hablando con una mujer interesada en la vida religiosa que quisiera conocer sobre mi experiencia de ésta, le mostraría la cita con la que comencé este artículo. Esta cita habla de tener el valor de arriesgarse; habla tanto del sufrimiento como de la danza que viene al elegir seguir su llamada. La vida religiosa es una oportunidad para entrar plenamente en la vida, para desarrollarse, para dar generosamente a las personas que necesitan lo que tienes para ofrecer, para recibir de ellas, y para entregar lo mejor de una misma a Dios.

Para la mujer que está llamada a este estilo de vida, es elegir el amor. Es elegir entrar en la danza.

 

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