Guerra y ética
Toda guerra es perversa porque
viola el mandamiento de la ética natural: "no matarás". Pero
se presentan problemas: Cuando un país es agredido por otro, ¿qué
debe hacer? ¿Tiene derecho a usar las armas en defensa propia? ¿Cómo
deben comportarse los gobernantes de los pueblos que asisten a la
limpieza étnica de minorías por parte de dictadores sanguinarios que
violan sistemáticamente los derechos humanos, eliminando a sus
opositores? ¿Es válido alegar el principio de no-intervención en
asuntos internos de los estado soberanos y asistir pasivamente a crímenes
contra la humanidad? ¿Cómo reaccionar al fenómeno difuso del
terrorismo que puede utilizar armas de exterminación masiva y ocasionar
millones de víctimas inocentes? ¿Es legítima una guerra preventiva
contra esto?
Estas cuestiones éticas ocupan
mentes y corazones en los días actuales. Para no desesperarnos tenemos
que pensar. En todo el mundo, dada la estrategia de los Estados Unidos
de usar la fuerza para defender sus intereses globales, se ha generado
un debate extremamente serio. Se destacan varias posiciones. Un grupo
sostiene la tesis de que, dada la capacidad devastadora de la guerra
moderna que puede comprometer hasta el futuro de la especie y de toda la
biosfera, ya no hay ninguna guerra justa (ius ad bellum). Otro grupo
afirma que puede haber una guerra justa, la de "intervención
humanitaria", pero limitada a impedir el etnocidio y los crímenes
de lesa humanidad. Un tercer grupo, representando al establisment
global, reafirma: hay que recuperar la guerra justa como autodefensa,
como castigo a los países del “eje del mal” y en prevención de un
ataque con armas de destrucción masiva.
Hagamos el juicio ético de
estas posiciones: en las condiciones actuales toda guerra representa un
riesgo altísimo, pues disponemos de una máquina de muerte capaz de
destruir la humanidad y la biosfera. La guerra es un medio injusto.
Dentro de una política realista, una "intervención humanitaria"
limitada es teóricamente justificable si cumple dos condiciones: que no
la decida ningún país por su cuenta, sino la comunidad de las naciones
(ONU) y que respete dos principios básicos (ius in bello): la inmunidad
de la población civil y la adecuación de los medios (no pueden causar
más daños que beneficios). La fuerza empleada como autodefensa no la
convierte en buena, pero se justifica dentro de la estricta adecuación
de los medios. La guerra de castigo contra Afganistán, basada en la
venganza, no es defendible. Sólo alimenta la rabia, caldo de futuros
conflictos. La guerra preventiva contra Irak, es ilegítima porque se
basa sobre lo que no existe todavía y tal vez nunca suceda. No existe
ningún tipo de derecho que le conceda legitimidad por ser subjetiva y
arbitraria.
Todo esto vale teóricamente,
pues es importante aclarar posiciones. Sin embargo en la práctica se ha
demostrado que todas las guerras, incluida la de “intervención
humanitaria”, no observan los dos criterios de inmunidad de la población
civil y de la adecuación de los medios. No se hace distinción entre
combatientes y no-combatientes. Para debilitar al enemigo se destruye su
infraestructura, causando muchas muertes de inocentes (98%). Las
consecuencias de la guerra perduran por años y hasta por siglos, como
en el caso del uranio empobrecido.
La guerra no es solución para
ningún problema. Debemos buscar un nuevo paradigma, a la luz de Gandhi
y de Luther King Jr., si no queremos destruirnos: la paz como meta y
como método. Si quieres la paz, prepara la paz.
Leonardo Boff